Esos días de invierno, de mediados de invierno pero que son como una prefiguración de los finales del invierno y de un más allá estacional en que vuelven a crecerle hojas a los árboles, flores de colores aparecen por todos lados, de los semáforos, de los cuellos de las viejas, de las lenguas de los gatos, de las botellas vacías de los borrachos que se ríen a los gritos y de las alarmas de los autos que suenan sin motivo, como flores que brotan de arbustos en hipotéticas primaveras del futuro que se presienten, como amistades de la adolescencia, en el invierno; esos días en que todos los pronósticos, en la tele y en los celulares, coincidían, los días previos, que iba a ser un día de la re puta madre, con calorcito, cielo despejado bien celeste, el celeste del ícono de Telegram que interrumpe un rojo que es una flor, de las de más arriba, brotando del cielo como un mensaje y no hay mucha humedad y tampoco hace tanto calor y todavía no hay polen, esos días en los que el clima es lo de menos pero marca el clima, el clima, marca el paso, la pauta, establece un contexto en el que a pesar de ese adivina adivinador de otros estados más abiertos de las entrañas terrestres llegás a la Avenida; no importa cuál, puede ser Santa Fe, Rivadavia o Caseros, la Juan B. Justo, o Hipólito Yrigoyen, ex Pavón, que cruza zona sur como una espada que un personaje de Game of Thrones entierra en otro personaje de Game of Thrones, lo atraviesa, como la Avenida Yrigoyen que todos siguen llamando Pavón, o Santa Fe que siempre será Santa Fe y en cualquiera de esas avenidas, llegás a ellas y no las podés cruzar. No podés ejercer ninguna presión, la voluntad se estanca y se dispersa, como si fueses Needle y la Avenida la armadura de The Hound; estás ahí, clavado para seguir con la profusión de metáforas de penetraciones afiladas y nada, tipo que te quedás ahí parado y el semáforo no cambia de color ni le brota ninguna flor, aunque sea rojo como una notificación de mensaje nuevo no es ninguna flor y nunca, nunca llega a permitir que vuelvas a mover extremidades que se entumecen; tendrías que elongar porque sabés que eventualmente tiene que florecer a verde y el ruido cederá el paso al movimiento, pero te da paja y de todos modos no cambia y quizás nunca, nunca, nunquísima cambie, hasta que tu voz, una voz que es la tuya pero no se parece a la tuya empiece a crecer y sobrepase el ruido de los motores y el tránsito de petróleo y malas propagandas y esa voz florezca, como el cielo; como algunos episodios de series de HBO, como kioskos enrejados en los que no podés elegir qué comprar cuyos dueños cambian de opinión repentinamente y la sacan, primero a las patadas, después con la llave que tenían que era como una voz interna, como tantas cosas que de arrastran como si flotaran, como si florecieran de afuera para adentro, como si el cielo estuviese en el huequito en el que hacen ofrendas a la Pachamama, ofrendado o florecido del otro lado de la Avenida que es como una voz interior que sale de no sé dónde, un cúmulo de sonidos normalizados en Audacity que florece