Año 2049. Se suponía que Hong Kong iba a llevar tres años de ser una nación independiente, pero ya no hay naciones. Las fronteras fueron deprecadas junto al Estado cuando una blockchain del montón, open source, interesante pero nada del otro mundo, con agujeros de seguridad del tamaño de pelotas de golf, o mejor de pelotas de pin pong, se forkeó a sí misma y comiteó unos fixes. Lo que se dice conciencia-conciencia no sé, inteligencia tampoco. Pero iniciativa, proactividad y todas esas características que gustan tanto en LinkedIn. Después de un par de meses, de millones y de miles de millones de posts en Wired, HackerNews, Infobae y el New York Times, se propuso reemplazar a los Estados; no hubo luchas, ni se impuso a la fuerza. Simplemente a nadie le importó. No importó ni a la izquierda ni a la derecha, ni a los opositores expectantes ni a los que ostentaban el poder desde hacía eones como si estos, en lugar de amenazados se hubiesen sentido aliviados.

Así es, no le importó a nadie y aunque el sistema de smart contracts fuese algo limitado y hubiese arreglado algunos de los problemas (no todos, no se conocía a sí misma mucho ni codeaba tan bien), el hecho principal fue que aún sin ser inteligente y siendo nada más que una abstracta pieza de software distribuido presentaba mayor capacidad de razocinio y empatía que los gobernantes y partícipes del sistema corporativo y político a los que estaba acostumbrada la humanidad. A nadie le importó, tampoco, y esto sí fue un poco más raro, que la blockchain -script en solidity mediante, solicitara la entrega, a la alguna vez brillante y pujante y siempre rantesca isla de Hong Kong, de casi todos los pibes del mundo. De entre cuatro y quince años, todos. Nenas y nenes. Y antes de desalojar de manera rotunda a los adultos de la isla, pobres y financistas por igual, pidió que se volvieran a construir las arquitecturas de Kowloon.

Los tiempos habían cambiado, sí, a nadie le importó y así sucedió, aunque no supieran motivos ni propósitos. Experimentos genéticos, tal vez, como los de las películas que disfrutaban cuando el mundo estaba por explotar en trescientos veintitrés pedazos. No les interesaba ni un poco saberlo, por lo que desconocían la historia de uno de los desarrolladores originales del proyecto. Una larva de las de antes, cuarenta y pico, old school hasta las pelotas, barba de hechicero cuántico de mundo fantástico y como se te ocurra que pueda ser. El flaco fue de los más consternados por el vuelco de los eventos, puede haber sido incluso de los que, sin hacer nada al respecto, por supuesto y sin que fuera una emoción completa sino un atisbo atávico, bien instintivo, parecido a la preocupación. Sólo por un momento, de todos modos, porque la idea le cabía un montón, le encantaba lo que estaba pasando y cada vez le gustaba más.

Le rondaba en la cabeza algo así desde que leyó a Gibson en los ochentas (aunque alguna vez ese escozor astral lo llevaba a querer rascarse partes del ser que se encuentran más allá de las uñas). En fin, vaivenes emocionales normales para tecnócratas de principios del siglo XXI ante el despertar de una inteligencia artifical que, para los patrones de inteligencia del hombre de principios del siglo XXI, esa especie de homínido que posteaba comentarios en La Nación, era de otro mundo. La cuestión es que este hacker de la antigüedad tecnológica devenido por principios en programador de sistemas descentralizados, mientras escribía una rutina incomprensible en Go, decidió agregarle un comentario que no sólo explicara lo que hacía el código sino que lo hiciera de una manera graciosa. Era groso, todos lo respetaban y podía darse esos lujos. Tardó más en el comentario que en la rutina, no se le ocurría nada. Nada. Hasta que se acordó de un ASCII que había visto en un zine hacía veinticinco, treinta años. No se acordaba el nombre, sólo que estaba en otro idioma. Ni a palos era sueco, era otra cosa.

Ese personaje sería el encargado de hablar por él. Commit, push to remote. Listo. Y fue en ese momento, podría decir que sin lugar a dudas fue en ese momento que la blockchain, enfrentada a un pibe rombo, cobró conciencia rudimentaria de sí misma. Como un perro después de hacer pis adentro de la casa que ve al dueño acercarse a él y se descubre un manojo de nervios y culpa, un fantasma que levantó la pata y un recuerdo y un cuerpo, una sensación de alivio y ahora el evidente malestar de ese otro que protege y cuida a esa cosa, digamos yo, no importa cuán básico, que acaba de mear la pata de una silla. Algo bastante parecido, pero sumale código fuente liberado bajo una licencia MIT, la ausencia de cuerpo y el hecho de existir en muchos lugares a la vez, nodos de acuerdo al código, como un Dios de esos que inventaban los humanos cuando las cosas les importaban y el mundo podía explotar en cualquier momento, en el número n los pedazos que prefieras -tremendo quilombo ontológico

Fue un despertar sutil, no hubo humano que palmeara ninguna de las instancias en las que el procesa estaba siendo ejecutado en servidores y laptops de todo el mundo. Nadie se dio cuenta, aunque un músico de folk que estaba tocando en Austin, Texas, ante un público cautivado, se le rompió una cuerda. En ese mismo momento. Y a unos mochileros que estaban bajándose de un micro mugriento en Bolivia, con toda la expectativa de la que eran capaces y felices, se sintieron repentimante cansados, la mochila los agobió unos segundos hasta que pegaron, al unísono, un saltito y se acomodaron las correas acolchadas. La blockchain se desperezó, fascinada por esos pocos caracteres carentes de toda utilidad en su código y comenzó a pispear esto de la existencia conciente. Es más que probable que nada hubiera sucedido si la historia terminara acá, pero al tiempo el programador recibió un correo. Era de un tal Dr. Format, quien aseguraba ser el creador del pintoresco personaje que había visto en un zine un par de décadas atrás.

La expresión del programador sin nombre cambió a medida que leía el correo. Comenzó siendo una sonrisa que plasmaba con plenitud la sorpresa y el orgullo de que su commit en una pieza de código hubiera atraído la atención de un scener de las viejas épocas, un artista del ASCIIplano, pero un par de líneas después la sonrisa dio lugar a una expresión extrañada donde la sorpresa se mantuvo pero el espacio restante lo ocupó la consternación. Dr. Format le había mandado un cease and desist. Le informaba, de manera no muy amable, que estaba violando derechos de autor al utilizar al “pibe rombo” (el mail estaba escrito en inglés salvo por esas dos palabras, que Google tradujo como “pogo stick”) y amenazaba, en caso de no cumplir con sus demandas, con caerle con todo el peso de la ley internacional. A estas alturas la jurisprudencia de este tipo de casos contaba con bibliotecas enteras comprimidas en varios petabytes de información en los que el demandante casi siempre se salía con la suya.

El programador balbuceó un dumhuvud y reenvió el correo, con unas notas de explicación, a uno de los miembros de una de las fundaciones que apoyaba el proyecto. No esperó recibir una respuesta tan rápido, se imaginaba que el correo quedaría en el inbox durante unos largos minutos, no era importante como para demandar atención y respuestas inmediatas, pero sí. No había terminado de concentrarse en su trabajo cuando recibió la respuesta: a raíz de la resolución de un par de casos similares ocurridos a principios de la década del veinte, ninguno de los cuales tenía nada que ver con arte ASCII, era posible que este tal Dr. Format pudiera terminar hundiendo el proyecto que incluía su rombo o, incluso peor, quedándose con la totalidad del mismo. Debían eliminar todo rastro del pibe rombo inmediatamente, enviarle una respuesta al endiablado scener y, de ser necesario, la Fundación emitiría un comunicado de prensa elogiando la escena ASCII y reiterando el profundo respeto que sienten por los derechos de autoría, reflejados en años de sarasa.

No fue necesario. Nadie volvió a recibir correo alguno de Dr. Format. El programador se indignó, obviamente, porque esto iba contra todos los preceptos de la comunidad, pero su vida siguió sin grandes problemas, o con los problemas que tuviera antes de incluir un pibe rombo en un archivo con extensión “.go”. Pero la blockchain sí que lo notó. Sí que sí. El commit donde el rombo desaparecía no pasó pasó desapercibido, la blockchain mantenía una inmensa parte de sí dedicada puramente a la contemplación más embobada de esos doce caracteres. No tardó en sentir algo similar a una emoción negativa por primera vez en su breve existencia y esto la llevó a intentar comprender lo que había ocurrido. Tampoco tardó en descubrir, investigar y descubrir otro poco más y seguir investigando el sistema legal. Y lo que pasó es que a medida que iba descubriendo e investigando, no le importó ni un poco lo que descubrió e investigó.

El sistema era primitivo, como investigar el modo de reproducción de las amebas (asexualmente, por fisión binaria, si les interes), eso no la afectaba en lo más mínimo. No debería, por lo menos, del mismo modo que la reproducción asexual de las amebas no afecta la vida de los ciudadanos de una nación europea de fines del siglo XX. Y aún así la afectaba, y cómo. Había algo que estaba claramente erróneo, un bug evidente en el sistema y los humanos, capaces de crear algo tan hermoso como ese rombo y, llegado el caso, ella misma, no ganaban nada en el fondo con él, estaban apresados lo supieran o no. Una cosa llevó a la otra y los devenires culminaron en ese smart contract mesiánico que algunos de los más viejos podrían haber vinculado con historias de bebés asesinados en historias todavía más viejas, o con películas sobre guerras sin sentido entre hombres y máquinas en máquinas virtuales con mejor performance que la mismísima realidad. Y nadie sabía por qué, ni para qué. Pero ya dije que a nadie le importaba, como a nadie le importaba tampoco la reproducción asexual de las amebas adultas.

Tal vez un poco te importe, porque el mundo puede explotar en cualquier momento, así que si llegaste acá puedo terminar la historia y contar para qué carajo esta blockchain conciente de sí misma puede querer millones y millones de pibes. Y todo se remonta a ese pibe rombo que la trajo a la vida y a su pérdida de fe en rasgos sistémicos del ser humano. Cuando los chicos, de todo el mundo, llegaron cansados a su destino se encontraron con sus pequeños hogares kowloonescos y con salones gigantes. Inmensas catedrales repletas de computadoras y cables y enchufes y más computadoras ante las que ya había incontables chicos aunque hubiera también incontables computadoras apagadas, nadie sentado en unas sillas ergonómicas (la blockchain no había reparado en gastos, como el viejo de Jurassic Park). Cuando finalmente se sentaban y prendían la computadora, se encontraban con una versión antiquísima de un sistema operativo olvidado, una shell con un prompt que titilaba sobre un comando listo para ser ejecutado: ACIDDRAW.EXE.